La gala seguía su curso entre risas, brindis y música suave.
Anna, sonriente pero algo agotada, se excusó un momento para ir al baño.
Cruzó el pasillo del salón, adornado con luces cálidas, y justo al doblar la esquina, una voz grave la detuvo.
—Señorita Annabel… qué gusto conocerla al fin.
Anna giró.
Frente a ella había un hombre alto, de porte elegante, vestido con un esmoquin oscuro perfectamente cortado.
Su mirada era profunda, pero algo en ella la hizo ponerse en guardia.
—Señora, Señora A