Regreso a casa.

El amanecer cubría Milan con un velo dorado.

El aire era fresco, húmedo, y el sonido distante de los helicópteros retumbaba sobre los viñedos.

La base Moretti estaba más silenciosa que de costumbre, como si incluso las paredes supieran que había llegado la hora de separarse.

En el patio central, Lucien esperaba junto a Lissandro, ambos de pie frente a la pista donde el jet privado de Lucien se preparaba para despegar.

El viento levantaba el polvo del suelo y movía las hojas de los olivos cercanos.

Lucien, impecable como siempre, llevaba las manos en los bolsillos del abrigo negro.

Su mirada, tranquila pero firme, se clavaba en la de su hermano.

—Monitorearé desde aquí cualquier movimiento extraño —dijo finalmente—Si Bruno hace el más mínimo ruido en Europa, lo sabré antes de que respire. Y cuando eso pase, te aviso.

Lissandro asintió, estrechando con fuerza la mano de su hermano de armas.

—Gracias, Lucien. Por todo lo que hiciste… por tu ayuda, por tu tiempo. Yo haré lo mismo en Amér
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