La noche se cernía sobre la base Moretti, y un silencio pesado dominaba los pasillos.
Las luces estaban atenuadas, las sombras largas se estiraban por el suelo de mármol pulido.
El eco de los pasos de Lissandro resonaba solitario mientras caminaba por el corredor rumbo a su habitación.
Su cuerpo estaba exhausto.
El traje táctico aún olía a pólvora, a humedad, a derrota.
Cada músculo le pesaba como si cargara el mundo entero sobre los hombros.
Habían ganado la batalla, pero no la guerra.
Y la frustración lo estaba consumiendo por dentro.
Empujó la puerta y entró sin encender la luz.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz azul del cielo nocturno que entraba por las cortinas abiertas.
El aire olía a lavanda y a Anna.
Ella dormía boca abajo, envuelta en las sábanas de lino, su cabello oscuro derramado sobre la almohada.
Respiraba tranquila, con ese ritmo pausado que a él siempre le recordaba que, después de todo, aún existía paz.
Lissandro se quedó un instante mirán