La noche caía sobre la ciudad cuando el convoy de vehículos negros atravesó los portones de hierro forjado de la mansión San Marco.
Las luces del camino se encendieron una a una, iluminando los jardines y la fuente central donde el agua caía con un murmullo constante.
Era la misma casa que los había visto partir una y otra vez, pero esta vez el aire estaba más pesado.
La guerra aún no había terminado.
El primero en bajar del auto fue Lissandro, con Anna de la mano.
Detrás de ellos, Leandro y Joaquín siguieron en silencio.
El cansancio se notaba en sus rostros: ojeras marcadas, ojos vidriosos, los hombros cargados de frustración.
La gran puerta de la entrada se abrió, revelando a Arthur y Cristian esperándolos.
Ambos vestían de negro, con los rostros serios, aunque en sus miradas se reflejaba el alivio de verlos regresar con vida.
—¿Cómo les fue? —preguntó Arthur, cruzándose de brazos.
Lissandro pasó una mano por su cabello, exhalando.
Antes de que pudiera responder, Joaquín fue direct