Quiero tener un hijo.
La mañana siguiente, el ambiente en los calabozos era denso y húmedo.
El aire olía a desinfectante, hierro y sangre vieja.
Lissandro avanzaba por el pasillo con paso firme, seguido de cerca por Leandro, cuyos pasos resonaban sobre el suelo de piedra.
—Llegaron los enviados de Bastien —dijo Leandro con una sonrisa ladeada.
—Sí —respondió Lissandro, sin alterar su tono—. ese bastardo ha estado en curaciones, así que debe estar mejor.
Leandro asintió, con esa sonrisa fría aún en los labios.
Empujó la puerta metálica, y el sonido de los cerrojos resonó como un eco dentro del calabozo.
Ahí, colgado de los brazos, estaba Renzo.
Su cuerpo era una mezcla de carne viva y cicatrices nuevas; los médicos habían hecho lo suficiente para mantenerlo con vida, pero no para aliviar su dolor.
El hombre alzó la cabeza lentamente, los ojos hundidos, la piel grisácea. Al verlos, dejó caer la cabeza, agotado por el sufrimiento.
—Hola, cariño —saludó Leandro con sarcasmo, apoyándose contra la pared—. ¿Me ex