La mañana de la boda había llegado, y el aire estaba lleno de flores, risas y perfume a jazmín.
En una de las habitaciones del salón, Agatha y Anna ayudaban a Isabella a ponerse el vestido.
El corsé blanco se ajustaba a su figura, y la falda de tul caía como una nube. Isabella respiraba con dificultad, nerviosa.
—Isa, cálmate —dijo Agatha con una sonrisa dulce—. Tienes al hombre de tus sueños esperándote en el altar. Un verdadero príncipe. Todo saldrá bien.
—No puedo no estar nerviosa, Aggy —respondió Isabella con la voz temblorosa—. ¡Es Michelle Carusso el que me espera!
—Es Michelle, sí —replicó Agatha, acomodando el velo—, pero también es el hombre que te ama con locura.
Anna se acercó por detrás y tomó las manos de Isabella.
—Aggy tiene razón, Isa. Michelle te adora. Respira, cariño. Te ves hermosa. Hoy será un día perfecto.
En ese momento, la puerta sonó suavemente.
Joel entró con una sonrisa amplia y los ojos brillantes de emoción.
—Wow… —dijo, con la voz entrecortada—. Te ves h