La mañana de la boda había llegado, y el aire estaba lleno de flores, risas y perfume a jazmín.
En una de las habitaciones del salón, Agatha y Anna ayudaban a Isabella a ponerse el vestido.
El corsé blanco se ajustaba a su figura, y la falda de tul caía como una nube. Isabella respiraba con dificultad, nerviosa.
—Isa, cálmate —dijo Agatha con una sonrisa dulce—. Tienes al hombre de tus sueños esperándote en el altar. Un verdadero príncipe. Todo saldrá bien.
—No puedo no estar nerviosa, Aggy —re