El rugido de los motores resonaba suavemente por toda la cabina privada.
El avión de Lucien surcaba las nubes rumbo a Italia, el cielo pintado en tonos anaranjados por el amanecer.
El interior, tapizado en cuero oscuro y madera, tenía ese aire elegante y silencioso que siempre acompañaba los viajes de Lissandro.
Anna estaba sentada junto a la ventana, el rostro bañado por la luz del sol, los auriculares puestos, los labios curvados en una sonrisa dulce.
Lissandro, frente a ella, la observaba con ternura.
Habían partido antes que Leandro y Joaquín, quienes tomarían otro avión unas horas después.
Todo parecía en calma.
Lissandro se levantó, abrochándose el abrigo negro y ajustando el reloj.
—Amor —dijo con voz suave—, voy a hablar con el capitán. Necesito saber a qué hora llegaremos.
—Está bien —respondió Anna sin levantar la vista, distraída en su celular.
Él sonrió, observando cómo sus dedos se movían rápido sobre la pantalla.
Una chispa de curiosidad —y un leve retorcijón en el estóm