Quiero una familia contigo.
El sol de la tarde se filtraba por las cortinas del despacho, tiñendo todo de un tono dorado.
El suelo estaba cubierto de cajas abiertas, carpetas viejas y álbumes que Leandro había decidido revisar antes de desechar.
En una esquina, Agatha reía con lágrimas en los ojos mientras sostenía un montón de fotografías antiguas.
—¡Aaaawww, pero mírate! —exclamó con voz temblorosa de risa—. ¡Si eras tan dulce, Lea! Me encanta.
Leandro se tapó la cara con una mano, rojo hasta las orejas.
—Deja de ver eso, por Dios, Agatha. ¡Son horribles! Maldigo la hora en que te dije que me acompañaras a botar cosas del despacho.
Ella siguió hojeando las fotos, negando con la cabeza.
—Nooo, ¿por qué? Si te ves tan tierno… —dijo señalando una foto donde él, de unos ocho años, sonreía con los dientes chuecos— ¡Amo tus fotos de bebé! Y mira esta… —rió—. ¡Fuiste el capitán del equipo de básquet! Qué sexy. Seguro tenías muchas mujeres detrás de ti.
Leandro soltó una risa seca, sentado en el piso, recostándose con