Quiero una familia contigo.
El sol de la tarde se filtraba por las cortinas del despacho, tiñendo todo de un tono dorado.
El suelo estaba cubierto de cajas abiertas, carpetas viejas y álbumes que Leandro había decidido revisar antes de desechar.
En una esquina, Agatha reía con lágrimas en los ojos mientras sostenía un montón de fotografías antiguas.
—¡Aaaawww, pero mírate! —exclamó con voz temblorosa de risa—. ¡Si eras tan dulce, Lea! Me encanta.
Leandro se tapó la cara con una mano, rojo hasta las orejas.
—Deja de ver es