El aroma dulce de la mermelada llenaba la cocina.
El sol de la mañana entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como chispas doradas.
Anna revolvía con paciencia la mezcla burbujeante en la olla de cobre.
Sus cabellos caían sobre su hombro desnudo, y una sonrisa tranquila se dibujaba en sus labios.
Detrás de ella, Lissandro la tenía entre sus brazos, su cuerpo cubriendo el de ella como un abrigo.
Besaba su cuello una y otra vez, dejando un rastro de calor