El aroma dulce de la mermelada llenaba la cocina.
El sol de la mañana entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como chispas doradas.
Anna revolvía con paciencia la mezcla burbujeante en la olla de cobre.
Sus cabellos caían sobre su hombro desnudo, y una sonrisa tranquila se dibujaba en sus labios.
Detrás de ella, Lissandro la tenía entre sus brazos, su cuerpo cubriendo el de ella como un abrigo.
Besaba su cuello una y otra vez, dejando un rastro de calor en su piel.
El sonido de sus labios se mezclaba con el suave hervor de la fruta.
—Lissandro… —murmuró Anna entre risas— Me voy a quemar si sigues así.
Él apoyó la barbilla sobre su hombro, sin dejar de rozar su piel con los labios.
—¿Y cómo evitarlo, amor? —susurró con voz ronca— Eres mi perdición… hueles más dulce que esa mermelada.
Anna trató de no reír mientras revolvía la mezcla.
—Entonces prueba y dime si vale la pena tanto alboroto.
Sacó una pequeña porción con la cuchara, sopló suavement