El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación con un brillo ámbar.
El aire olía a lavanda y a madera encerada, a hogar.
Era una calma engañosa, el tipo de silencio que precede a una tormenta… o a una sorpresa.
Lissandro empujó suavemente la puerta de su habitación, esperando encontrar a Anna leyendo o descansando.
Pero la escena que lo recibió le heló la sangre por un instante.
Anna estaba de pie frente al armario, una maleta abierta sobre la cama.
Sus manos doblaban ropa con cuidado, concentradas, mientras el suave zumbido de la cremallera llenaba el aire.
Él se detuvo en seco, el corazón latiendo con fuerza.
—Pequeña… —su voz sonó baja, insegura— ¿Estás empacando?
Ella no levantó la vista, solo siguió guardando cosas en silencio.
Lissandro frunció el ceño y dio unos pasos hacia ella.
—Anna, ¿qué sucede? —preguntó con un nudo en la garganta— ¿Estás enojada conmigo? ¿Por qué estás armando equipaje?
Nada. Solo el roce de la tela y el sonido del cierre s