El mediodía caía pesado sobre la mansión San Marco.
La luz que entraba por los ventanales se filtraba entre las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de mármol.
Desde la cocina se oía el suave tintinear de cubiertos y el murmullo de dos voces femeninas que llenaban el aire con calidez y complicidad.
Anna se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja mientras removía una olla sobre la estufa.
A su lado, Lucía balanceaba al pequeño Sebastián, que dormía plácido en su moisés portá