El sonido de la videollamada resonó en el teléfono de Lissandro.
Él estaba en la sala de la cabaña, sentado frente al fuego, con Anna recostada en su pecho y una taza de café entre las manos.
—¿Deberíamos contestar? —preguntó Anna divertida.
—Depende —dijo él con una sonrisa perezosa—, si es Leandro, seguro viene a presumir.
Deslizó el dedo por la pantalla y la imagen se llenó con los rostros de Joaquín y Cristian, ambos sonriendo de oreja a oreja.
Un segundo después, apareció Leandro, con una copa en la mano y una expresión de pura felicidad.
—Lissandroooooo! —gritó Cristian entre risas—. ¿Adivinen quién dejó de ser un alma perdida y ahora pertenece oficialmente al club de los casados?
—No, no, no —intervino Joaquín levantando el dedo—. Técnicamente todavía no es casado, pero ya lo tienen amarrado.
—Idiotas —bufó Leandro con una sonrisa—. ¿No pueden simplemente felicitarme?
—Claro que sí —dijo Lissandro conteniendo la risa—. Felicidades, princeso. No todos los días un San Marco es ca