El sonido de la videollamada resonó en el teléfono de Lissandro.
Él estaba en la sala de la cabaña, sentado frente al fuego, con Anna recostada en su pecho y una taza de café entre las manos.
—¿Deberíamos contestar? —preguntó Anna divertida.
—Depende —dijo él con una sonrisa perezosa—, si es Leandro, seguro viene a presumir.
Deslizó el dedo por la pantalla y la imagen se llenó con los rostros de Joaquín y Cristian, ambos sonriendo de oreja a oreja.
Un segundo después, apareció Leandro, con una