La mansión San Marco brillaba esa noche.
Las luces del jardín iluminaban el sendero de piedra que conducía a la entrada principal, donde flores blancas y velas marcaban el camino.
En el interior, la larga mesa del comedor estaba dispuesta con elegancia: copas de cristal, servilletas de lino y una hilera de velas que daban un toque dorado al ambiente.
El aroma a carne asada, vino y pan recién horneado llenaba el aire.
Era la primera vez, en mucho tiempo, que todos los amigos de los San Marco estaban juntos y tranquilos.
Y había una razón de peso: Leandro y Agatha se habían comprometido.
Lissandro y Anna fueron los últimos en llegar.
El ruido de risas se escuchaba incluso desde el pasillo, y apenas cruzaron la puerta, Joaquín los recibió con una sonrisa enorme.
—¡Por fin! —exclamó—. Pensé que se habían perdido en la montaña otra vez.
Lissandro arqueó una ceja.
—Solo descansábamos. Algunos necesitamos relajarnos después de tanto trabajo.
—Ajá, claro —intervino Cristian, sirviéndose vino—