La mansión San Marco brillaba esa noche.
Las luces del jardín iluminaban el sendero de piedra que conducía a la entrada principal, donde flores blancas y velas marcaban el camino.
En el interior, la larga mesa del comedor estaba dispuesta con elegancia: copas de cristal, servilletas de lino y una hilera de velas que daban un toque dorado al ambiente.
El aroma a carne asada, vino y pan recién horneado llenaba el aire.
Era la primera vez, en mucho tiempo, que todos los amigos de los San Marco est