La chimenea crepitaba suavemente, lanzando destellos anaranjados que se reflejaban en las paredes de madera.
El fuego bailaba lento, llenando la cabaña con un calor agradable que se mezclaba con el perfume dulce de Anna, aún entre los brazos de Lissandro.
Ella reposaba sobre su pecho, el rostro escondido bajo su mentón, escuchando el ritmo tranquilo de su corazón.
Afuera, la nieve caía sin ruido, cubriendo el bosque de blanco, mientras adentro solo existía ese instante perfecto: la calma después de tantas tormentas.
Lissandro la abrazaba con una mano sobre su espalda, acariciando el contorno de su cintura con la otra.
Sus dedos se movían con lentitud, casi hipnóticos, como si memorizaran cada centímetro de ella.
Anna suspiró, acomodándose un poco mejor sobre su pecho.
—Mmm… así está perfecto.
—¿Sí? —murmuró él, sonriendo contra su cabello.
—Sí. No te muevas. No respires. No pienses. Solo… quédate así.
Lissandro soltó una carcajada baja.
—Me temo que eso último no puedo prometerlo, peq