La casa estaba en silencio, pero no en calma.
En la cocina, Anna y Agatha se movían de un lado a otro, coordinadas, nerviosas, conteniendo sonrisas que amenazaban con delatarlas. La mesa estaba puesta con esmero: velas, copas de cristal, una cena sencilla pero íntima. Solo ellos cuatro. Como debía ser.
—Respira —susurró Agatha, acomodando los cubiertos—. Todo va a salir bien.
Anna asintió, llevándose una mano al vientre casi de forma inconsciente.
—Lo sé… es solo que siento que el corazón se me