La mañana había avanzado sin prisa en la mansión, pero el aire estaba distinto.
No era inquietud, tampoco calma absoluta. Era una vigilancia silenciosa, una tensión nueva que se colaba en cada rincón ahora que la vida había tomado otro rumbo. Lissandro observaba el entrenamiento desde la terraza, los brazos cruzados, la mente lejos del movimiento preciso de Camilo golpeando el saco. No era falta de atención: era exceso de pensamientos.
Anna estaba embarazada.
La idea aún no terminaba de asentar