Los días pasaban uno tras otro, todos iguales.
El sol salía temprano, bañando el jardín con una luz dorada que parecía sacada de una postal. Las flores siempre estaban perfectas, el pasto cortado al milímetro, el mar calmo rompiendo al fondo con una cadencia hipnótica. El aire olía a sal y a algo dulce que Lucy no lograba identificar.
Lucy caminaba despacio por el sendero de piedra, empujando el pequeño cochecito donde Sebastián miraba todo tranquilo. Sus manos se mantenían firmes en el manilla