La cena transcurrió en una calma casi irreal.
Lucy estaba sentada frente a Robert, con Sebastián en su sillita a un costado, jugando con un pequeño sonajero. La mesa estaba servida con esmero: velas encendidas, copas brillando bajo la luz cálida, platos perfectamente presentados.
Robert estaba feliz.
Demasiado.
Le cortó la carne con cuidado, como si ese gesto pudiera construir una escena doméstica normal, y deslizó el plato hacia ella.
—Come, amor —dijo con una sonrisa—. Necesitas alimentarte bien.
Lucy tomó los cubiertos y asintió.
—Gracias.
Comió despacio, sin apuro, sonriendo de vez en cuando, manteniendo la compostura. Cada movimiento estaba calculado. Cada expresión, medida.
Robert la observaba como quien contempla una obra terminada.
—He estado pensando —dijo de pronto— Creo que deberíamos viajar.
Lucy levantó la vista con interés fingido.
—¿Viajar?
—Sí —respondió—. Europa, las islas griegas… siempre te gustaron.
Lucy inclinó la cabeza.
—Sería lindo —admitió— Pero cuando Sebasti