La cena transcurrió en una calma casi irreal.
Lucy estaba sentada frente a Robert, con Sebastián en su sillita a un costado, jugando con un pequeño sonajero. La mesa estaba servida con esmero: velas encendidas, copas brillando bajo la luz cálida, platos perfectamente presentados.
Robert estaba feliz.
Demasiado.
Le cortó la carne con cuidado, como si ese gesto pudiera construir una escena doméstica normal, y deslizó el plato hacia ella.
—Come, amor —dijo con una sonrisa—. Necesitas alimentarte b