Dos semanas sin ella.
La central estaba en completo caos.
Las pantallas mostraban mapas, coordenadas, cámaras de seguridad, señales térmicas… todo lo que podía servir. Lissandro caminaba de un lado a otro, los ojos inyectados de rabia y desesperación.
—No hay rastro, ¡nada! —gruñó, golpeando la mesa con el puño—. Maldición, ¿cómo puede desaparecer así?
Leandro se acercó y le puso una mano firme sobre el hombro.
—Cálmate, hermano. Debes usar la cabeza. Tiene que haber algo, una pista, alguna forma de rastrearla.
Lissandro se giró bruscamente, con la mirada encendida.
—¡No me digas que me calme, Leandro! —rugió, la voz quebrada entre furia y angustia—. ¡Tienen a Anna! Ese maldito hijo de puta la tiene, puede estar torturándola… o algo peor.
Golpeó la mesa nuevamente y respiró con dificultad.
—Tengo que encontrarla… —susurró con la voz rota—. No puedo dejar que pase más tiempo. Debo encontrarla, Leandro…
El silencio se apoderó de la sala.
Las luces de las pantallas parpadeaban sobre el rostro tenso de los hom