Dos semanas sin ella.
La central estaba en completo caos.
Las pantallas mostraban mapas, coordenadas, cámaras de seguridad, señales térmicas… todo lo que podía servir. Lissandro caminaba de un lado a otro, los ojos inyectados de rabia y desesperación.
—No hay rastro, ¡nada! —gruñó, golpeando la mesa con el puño—. Maldición, ¿cómo puede desaparecer así?
Leandro se acercó y le puso una mano firme sobre el hombro.
—Cálmate, hermano. Debes usar la cabeza. Tiene que haber algo, una pista, alguna forma de rastrearla.
Liss