El sonido del mar se colaba por la ventana, mezclándose con el zumbido constante del viento.
Anna estaba de pie frente al ventanal, con su pie encadenado por un delgado grillete sujeto al tobillo derecho.
Podía moverse por la habitación, pero no más allá de dos metros del marco de la puerta.
El metal tintineaba cada vez que daba un paso, recordándole que, aunque la habitación pareciera cómoda, seguía siendo una prisión.
El atardecer teñía el cielo de tonos naranjas y rosados, y a lo lejos, más allá de los jardines y los muros de piedra, se extendía el océano.
Un mar inmenso, que parecía burlarse de ella.
Tan cerca… y al mismo tiempo, tan imposible de alcanzar.
La habitación era amplia, elegante y hasta acogedora, si se ignoraban los barrotes disimulados en las ventanas.
Tenía una cama con sábanas de seda, un tocador lleno de perfumes, un armario repleto de vestidos de diseñador.
Todo cuidadosamente dispuesto, como si quisieran hacerla sentir una invitada.
Pero cada detalle le resultab