La noche cayó espesa sobre la casa.
El mar rugía a lo lejos, el bosque se mecía con el viento y dentro de la habitación de Lucy, el tiempo parecía suspendido.
Robert estaba sentado en la alfombra, riendo suavemente mientras hacía rodar un pequeño auto de juguete frente a Sebastián. El bebé balbuceaba feliz, ajeno a todo, golpeando el juguete con torpeza.
Lucy los observaba desde la cama.
Por fuera, calma, por dentro, un huracán, cada segundo era una cuenta regresiva, un golpe suave sonó en la puerta.
—Pase —dijo Robert.
La puerta se abrió y Diana entró con una sonrisa tímida, la cabeza ligeramente inclinada.
—Señor… son cerca de las once —dijo con voz dócil—.
—Vengo a ayudar a la señora con el bebé… y a prepararla para esta noche.
Robert frunció el ceño y giró hacia Lucy.
—¿Qué pasará esta noche?
Lucy se levantó despacio.
El estómago se le revolvía, pero no dejó que se notara. Caminó hacia él con una sonrisa suave, coqueta, y jugó con uno de los botones de su camisa.
—Esta noche… —sus