Lucciano estaba en el orfanato, revisando papeles y firmando algunos documentos de las niñas que participarían en las próximas actividades. Exámenes de rutina, vitaminas, vacunas.
El silencio reinaba en la oficina, roto solo por el sonido del lápiz raspando el papel y el murmullo lejano de las risas infantiles.
Levantó la vista por un segundo para estirarse cuando escuchó una suave tos en la puerta.
Al girarse, el corazón se le detuvo por un instante. Allí, de pie, estaba ella.
—¿Aida? —susurró