La noche estaba silenciosa cuando Agatha regresó a la mansión.
El aire se sentía pesado, como si las paredes mismas guardaran el eco de lo ocurrido.
Leandro no había vuelto.
Dejó las llaves sobre la mesa, y el sonido metálico retumbó en la soledad del lugar.
Caminó lentamente por el pasillo hasta la habitación, donde aún flotaba el aroma a whisky, perfume y cigarro.
Se sentó en el borde de la cama y no pudo contener el llanto.
Lloró por todo.
Por no haber sido capaz de decirle a Leandro que lo amaba.
Por no haber tenido el valor de confesarle que iba a encontrarse con Xander.
Por ser tan ingenua y caer en la trampa que había herido profundamente al hombre que la había salvado, amado y protegido.
Se recostó abrazando la almohada que aún tenía su aroma, ese olor a él que la hacía sentir a salvo.
Esperó. Y esperó. Pero él no volvió.
El reloj marcaba casi las tres de la mañana cuando su celular vibró.
Era un mensaje de Saúl.
Señorita, mi jefe no volverá a la mansión esta noche.
Fue recogi