La noche estaba silenciosa cuando Agatha regresó a la mansión.
El aire se sentía pesado, como si las paredes mismas guardaran el eco de lo ocurrido.
Leandro no había vuelto.
Dejó las llaves sobre la mesa, y el sonido metálico retumbó en la soledad del lugar.
Caminó lentamente por el pasillo hasta la habitación, donde aún flotaba el aroma a whisky, perfume y cigarro.
Se sentó en el borde de la cama y no pudo contener el llanto.
Lloró por todo.
Por no haber sido capaz de decirle a Leandro que lo