La habitación del hospital estaba bañada por la luz del mediodía.
El televisor murmuraba un noticiero sin importancia, mientras en la bandeja frente a Cristian humeaba un plato que él miraba con una expresión de sufrimiento digno de tragedia griega.
—No pienso comer eso —dijo con el ceño fruncido, señalando el plato con el tenedor—. Eso no es comida, es un castigo.
Luz, sentada frente a él, se cruzó de brazos con una sonrisa divertida.
—Es arroz blanco y pollo a la plancha, no es veneno.
—Sabe