Joaquín abrió los ojos despacio.
La habitación estaba inundada por una luz suave, tibia, de mañana. Por un instante no se movió, como si temiera que todo fuera un sueño frágil que pudiera romperse con el más mínimo gesto.
Giró la cabeza.
Lucy estaba a su lado.
Llevaba una camisola clara, el cabello suelto sobre la almohada, el rostro sereno. En sus brazos, Sebastián se alimentaba tranquilo, prendido a su pecho. Lucy tenía los ojos cerrados, respirando con calma, completamente entregada al instante se había quedado dormida. El pequeño, ya satisfecho, dormía sin soltarse, aferrado a ella como si supiera que ahí estaba su lugar seguro.
Una sonrisa lenta apareció en el rostro de Joaquín.
Le acarició con cuidado la cabecita a Sebastián, apenas rozándolo con la yema de los dedos. Luego, con una delicadeza infinita, acomodó la camisola de Lucy para cubrirla mejor, sin despertarla.
Se incorporó despacio y salió de la habitación.
La casa estaba en silencio, preparó el desayuno con calma, como