Lo que se hace, se paga caro.
El calabozo olía a metal, sudor y miedo.
La puerta se abrió con un chirrido lento.
Joaquín entró primero.
Robert colgaba boca abajo, sujeto por los pies, el cuerpo marcado, respirando con dificultad. Frente a él, Lissandro estaba sin polera, vestido solo con un buzo oscuro. El sudor recorría su torso mientras lanzaba patadas precisas al abdomen del hombre, una tras otra, usándolo como un saco de entrenamiento.
No había prisa.
Solo furia contenida.
Lissandro lo tomó del cabello y lo obligó a mirarlo.
—Habla —dijo con voz baja— Tengo todo el día para romperte poco a poco. Dime dónde tienen a Anna, quién te contactó para secuestrar a Lucy.
Un gemido ahogado escapó de Robert.
Lissandro lo soltó.
El cuerpo cayó, balanceándose.
—¿Me dejaste algún hueso para romper o le quebraste todos ya? —preguntó Joaquín.
Lissandro giró la cabeza. El sudor le caía por la frente, los ojos encendidos.
— Aún quedan algunos.
—¿Desde que hora estás?
—Desde el amanecer —respondió— No podía dormir. Preferí hacer