Lo que se hace, se paga caro.
El calabozo olía a metal, sudor y miedo.
La puerta se abrió con un chirrido lento.
Joaquín entró primero.
Robert colgaba boca abajo, sujeto por los pies, el cuerpo marcado, respirando con dificultad. Frente a él, Lissandro estaba sin polera, vestido solo con un buzo oscuro. El sudor recorría su torso mientras lanzaba patadas precisas al abdomen del hombre, una tras otra, usándolo como un saco de entrenamiento.
No había prisa.
Solo furia contenida.
Lissandro lo tomó del cabello y lo obligó a mir