Adiós hermano.
El rugido de los motores rompía el silencio de la noche.
Las luces de los faros cortaban la niebla que se alzaba sobre el camino al puerto.
Lissandro iba al frente, con su arma en alto disparando a los hombres de Bruno que aparecían detrás de los contenedores.
A su lado, Joaquín revisaba el cargador de su arma, mientras los gemelos Cristian y Leandro cubrían sus espaldas.
—No podemos dejar que se escape —gruñó Lissandro, acelerando el paso—. ¡Ese bastardo no puede salir de esta!
—Seguro que es