Adiós hermano.
El rugido de los motores rompía el silencio de la noche.
Las luces de los faros cortaban la niebla que se alzaba sobre el camino al puerto.
Lissandro iba al frente, con su arma en alto disparando a los hombres de Bruno que aparecían detrás de los contenedores.
A su lado, Joaquín revisaba el cargador de su arma, mientras los gemelos Cristian y Leandro cubrían sus espaldas.
—No podemos dejar que se escape —gruñó Lissandro, acelerando el paso—. ¡Ese bastardo no puede salir de esta!
—Seguro que es Bruno quien vino por él —respondió Joaquín a su lado—.
Nadie más se atrevería a meterse así en territorio San Marco.
Lissandro apretó el gatillo eliminando varios hombres de Bruno
—Entonces hoy terminamos con ambos.
Los autos siguieron llegando, llenando el muelle de hombres de Lissandro, desatando una guerra entre los dos bandos.
En el muelle, tirado en el piso Renzo apenas respiraba.
Su cuerpo temblaba, cubierto de heridas.
Las vendas estaban empapadas de sangre, y cada respiración le arrancab