Algo no está bien.
La luna estaba alta, pero la mansión reposaba en un silencio antinatural.
Ni un guardia, ni un paso, ni siquiera el murmullo del viento.
El aire olía a humedad y peligro.
Lissandro bajó del auto primero, el abrigo aún sobre los hombros tras la boda de Michelle.
Su mirada recorrió el jardín. Las luces del portón estaban encendidas, pero no se movía nada.
—Está… demasiado callado —murmuró con voz tensa, sacando el seguro de su arma.
A su lado, Joaquín cerró la puerta del vehículo con suavidad.
Lu