Algo no está bien.
La luna estaba alta, pero la mansión reposaba en un silencio antinatural.
Ni un guardia, ni un paso, ni siquiera el murmullo del viento.
El aire olía a humedad y peligro.
Lissandro bajó del auto primero, el abrigo aún sobre los hombros tras la boda de Michelle.
Su mirada recorrió el jardín. Las luces del portón estaban encendidas, pero no se movía nada.
—Está… demasiado callado —murmuró con voz tensa, sacando el seguro de su arma.
A su lado, Joaquín cerró la puerta del vehículo con suavidad.
Lucy lo seguía, llevando al pequeño Sebastián dormido en brazos.
El bebé respiraba tranquilo, ajeno a la tensión que crecía a su alrededor.
—Sí, esto no me gusta nada —respondió Joaquín, apretando el paso—. Siempre hay alguien en la entrada…
Lissandro levantó la mano, deteniendo a todos.
Sus ojos grises escudriñaban cada sombra.
—Quédate detrás de mí, Anna —ordenó sin mirarla, con voz baja pero firme.
Ella obedeció, sujetando la falda de su vestido, el corazón acelerado.
Lissandro avanzó unos paso