El amanecer bañaba la costa italiana con una luz dorada.
Desde las ventanas del centro de operaciones improvisado en una villa Moretti, las montañas parecían dormidas bajo la neblina.
Adentro, cuatro hombres trabajaban sin descanso frente a múltiples pantallas, mapas y equipos de comunicación.
Lucien, con el ceño fruncido, revisaba las coordenadas que Lissandro le había enviado la noche anterior.
A su lado, Silvano, Noah y Paolo tecleaban frenéticamente, enlazando satélites, drones y cámaras ocultas.
El silencio era apenas interrumpido por el sonido constante de los teclados y el zumbido de los servidores.
—Bingo —anunció finalmente Paolo, con una sonrisa satisfecha— Ya tenemos ubicadas todas las mansiones que mencionó Lissandro. Te estoy enviando las ubicaciones, Noah.
—Recibido —respondió Noah, mientras en su pantalla aparecían los puntos marcados en rojo sobre el mapa satelital— Son siete propiedades. Mansiones de difícil acceso: playas privadas por un lado, bosques cerrados por el