El amanecer bañaba la costa italiana con una luz dorada.
Desde las ventanas del centro de operaciones improvisado en una villa Moretti, las montañas parecían dormidas bajo la neblina.
Adentro, cuatro hombres trabajaban sin descanso frente a múltiples pantallas, mapas y equipos de comunicación.
Lucien, con el ceño fruncido, revisaba las coordenadas que Lissandro le había enviado la noche anterior.
A su lado, Silvano, Noah y Paolo tecleaban frenéticamente, enlazando satélites, drones y cámaras oc