El silencio del campo se quebraba solo por el zumbido de los grillos y el viento suave que movía las ramas. Las luces del porche se habían apagado hacía rato, y la hacienda dormía en su quietud. Lancelot y Dionisio seguían allí, uno frente al otro, con el peso del momento suspendido entre ellos.
— Esto esto es un desastre.
Dionisio fue el primero en romper el espacio que los separaba. Lo tomó del cuello y lo besó con una mezcla de furia y ternura contenida. Lancelot respondió con la misma hambr