La claridad del sol de la mañana se mezclaba con las cortinas, suave y dorado, iluminando el desastre de la habitación: las sábanas estaban arrugadas, la ropa desperdigada por el suelo y el olor a pasión impregnando cada rincón.
Lancelot abrió los ojos primero, su cuerpo aún se sentía cansado, pero feliz, como si después de mucho tiempo por fin hubiera soltado un peso enorme. Giró la cabeza y lo vio.
—Mi pequeño potro está echo un desastre—murmura.
Dionisio dormía a su lado, desnudo como un beb