—Ya bájate que pesas.
—Solo un momento más.
La respiración pesada llenaba la habitación. El sudor en sus pieles formaba un brillo húmedo bajo la luz que entraba por la ventana. Lancelot permanecía encima, pero ya sin la furia de antes. Solo lo sostenía, abrazado, con la frente pegada al cuello de Dionisio.
El cuerpo de Dionisio temblaba. No sabía si por el cansancio, por la vergüenza, o porque todavía sentía en su interior el calor del hombre que lo había invadido dos veces en menos de doce hor