El sol de la tarde en Valle Seco no calentaba; más bien, calcinaba. Valeria se detuvo frente al umbral de lo que alguna vez fue la majestuosa Hacienda "Los Alisos". Ahora, solo quedaba un esqueleto de vigas ennegrecidas y el olor persistente a carbón y recuerdos marchitos. El viento soplaba con una saña particular, levantando una fina cortina de ceniza gris que se pegaba a su piel sudorosa y a su vestido de lino.
—No tienes que hacer esto hoy, Valeria —dijo una voz grave a sus espaldas.
Ella no