La puerta de la habitación se abrió con un chirrido aceitado, casi imperceptible, pero para Valeria sonó como el estallido de un cañón. Rafael entró portando una pequeña bandeja de plata. La luz de la luna, filtrada por las cortinas entreabiertas, recortaba su figura impecable, otorgándole una apariencia casi espectral.—Te escuché caminar, amor —dijo él, su voz era una caricia de seda que escondía una lija—. El doctor dice que la agitación es normal, pero no podemos permitir que tu cerebro se fatigue. Te he preparado un té de tila y valeriana. Receta de la casa.Rafael dejó la bandeja en la mesita de noche, justo al lado de donde Valeria había ocultado el reloj de Bruno segundos antes. Ella sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. Si él movía la almohada, si tan solo rozaba el borde de la cama, la frágil tregua que mantenían se desintegraría.—Gracias, Rafael. Eres muy atento —respondió ella, forzando una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara.Él se sentó en el borde de
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