La noche en el Valle Seco no traía paz; traía el frío cortante del desierto y el eco de los remordimientos. Julián Varga observaba a Valeria desde la penumbra del porche de las caballerizas. Ella estaba sentada en los peldaños de la casa principal, iluminada apenas por la luz amarillenta de un farol, con los documentos sobre su madre extendidos en el regazo. Se veía frágil, una pequeña mancha de pureza en medio de aquel mausoleo de carbón.
Julián apretó el puño contra el poste de madera. El bes