Me arrodillé junto a Benjamín. La sangre le teñía la camisa en el costado izquierdo. Puse presión con una toalla de mano que alguien me lanzó desde el mostrador.
—Estoy muriendo —balbuceó, aturdido.
—Cállate —le dije—. Respira conmigo.
Él obedeció, como si la costumbre del pasado aún tuviera una ruta secreta hacia su pecho.
Las sirenas cortaron el aire. Llegó la policía. Llegaron los paramédicos. El agresor cayó en un torbellino de manos y esposas. Benjamín fue subido a una camilla y mi toalla