Al caer la noche, la mansión se sintió menos casa y más fortaleza. Aun así, una fortaleza con luz tibia. Eva se acomodó en el sofá con su portátil, Román se instaló junto a la ventana con un cuaderno y yo abrí mi libreta de trazos. Dibujé la plaza interior, otra vez, pero ahora la pensé como un lugar donde la gente se ve y se comprende, no donde se esconde. Añadí una línea curva que conectaba dos bancos que antes estaban separados por capricho. Un puente mínimo en el dibujo. Un acuerdo secreto