Al reingresar al Salón de los Espejos, la luz refractada por las lámparas de Baccarat golpeó las facciones de Seraphina Sinclair, obligándola a tensar cada músculo de su rostro para sostener la máscara de indiferencia soberana que casi había sido triturada en el pasillo secundario.
Se sentó de nuevo en la mesa de honor reservada para la directiva de la Federación Internacional, sintiendo que el aire acondicionado del Hotel Ritz no era suficiente para enfriar la agitación interna que le quemaba