La estática de la transmisión satelital privada parpadeó tres veces en la pantalla de alta definición antes de encriptarse bajo el protocolo de máxima prioridad del Grupo Blackwood.
En la sucursal del Distrito Ocho de París, el aire de la noche era gélido, apenas templado por un calefactor que siseaba de forma monótona en un rincón.
Alaric Blackwood permanecía sentado frente al mostrador técnico de su escritorio de caoba, con la camisa oscura remangada y la venda de su mano derecha ligeramente