La luz cenicienta de la tarde parisina caía de forma sesgada sobre los inmensos escritorios de cristal templado del bufete de Amélie Legrand, ubicado en un señorial edificio de la Rue de la Paix.
El ambiente dentro de la sala de juntas permanecía sumido en una quietud aséptica, apenas interrumpida por el siseo amortiguado de los extractores de aire y el rítmico tecleo de las terminales operativas.
Sobre la mesa de juntas, alineados con una precisión quirúrgica que emulaba los balances forenses