El chasquido metálico de las esposas de acero templado al cerrarse sobre las muñecas de Serena Sinclair rasgó la estática de la madrugada con la contundencia de un dictamen forense.
Los oficiales de la gendarmería civil de París ejecutaron el procedimiento con la rigidez mecánica que el protocolo penal francés exigía para los delitos de sabotaje transatlántico.
No hubo consideraciones fiduciarias ni treguas por el apellido que alguna vez dominó los balances de riesgo en el norte.
Serena fue emp