La simetría perfecta de la Plaza des Vosges, el corazón de ladrillo rojo y piedra caliza del distrito de Le Marais, permanecía sepultada bajo una cortina de niebla invernal, rancia y densa, que borraba el remate de las techumbres abuhardilladas.
El aire de las cuatro de la tarde se sentía estático, gélido, saturado por el rocío helado que humedecía los setos de los jardines centrales.
Era un entorno de un orden geométrico y aristocrático absoluto, pero la bruma lo reducía a un laberinto de arca