La penumbra del almacén número cuatro, ubicado en los muelles secundarios del sector de carga perimetral de París, olía a óxido, a madera podrida y al combustible rancio de las barcazas que navegaban el Sena.
El chapoteo del agua helada contra los pilotes de hormigón resonaba en el interior de la nave industrial como el tictac de una na fiduciaria.
Afuera, la llovizna invernal seguía lavando las estructuras de hierro; adentro, las goteras perforaban la quietud estática con la regularidad de una