El amanecer llegó sin canto de aves ni brisa fresca. El aire estaba denso, pesado, casi sólido. Adelia sintió un nudo en el estómago desde el momento en que abrió los ojos. Algo no estaba bien.
El grupo había avanzado dos días con el primer fragmento del cuarto sello en su poder. El terreno se había vuelto más agreste: colinas de piedra, grietas profundas y un silencio absoluto. Esa mañana, alguno de los lobos de habían partido a explorar los alrededores para cazar y conseguir provisiones. Adel