La luz del amanecer era pálida, casi tímida. Como si el mismo cielo dudara en iluminar el dolor que yacía entre las rocas y los cuerpos agotados. Adelia, con el rostro demacrado y el cabello pegado a la frente por el sudor, se arrodilló junto a Ethan, aún inconsciente. Su respiración era débil, pero constante.
No podían quedarse allí.
Los demás la miraban, esperando una orden. Kal, con el brazo vendado, se acercó.
—No resistiremos otro ataque en estas condiciones —dijo con voz grave—. Debemos m