El grupo descendía lentamente por la ladera que bordea el Cañón del Olvido, con la piel cubierta de polvo seco y el cuerpo marcado por la reciente batalla. Los pies dolían, los estómagos gruñían. Hasta los lobos jadeaban con la lengua fuera. Habían conseguido el tercer fragmento del sello, pero les había costado energía, sangre y lágrimas.
Kal, al frente, levantó la mano.
—Acamparemos aquí.
Un claro rodeado de piedras lisas se abría cerca de un pequeño riachuelo que serpenteaba entre juncos y f