El viento azotaba los árboles con furia inusual. La niebla se arremolinaba en el sendero como si intentara cerrar el paso, y el cielo, cubierto por densas nubes de un gris enfermizo, parecía advertir que algo estaba por suceder.
El grupo se movía con cautela, los pies hundiéndose en un terreno cada vez más cenagoso. Habían avanzado todo lo posible, siguiendo el rumbo señalado por la piedra guía y las marcas que el viejo druida les había dejado. A lo lejos, podían vislumbrar una formación rocosa