Elzareth apenas había dormido, su alma seguía vibrando con la resonancia de los combates vividos. Afuera, el castillo aparecía cubierto de cenizas brillantes, restos del heraldo destruido y del polvo arcano dejado por los demonios del Vacío. No quedaban cuerpos, ni huellas. Solo el silencio denso que sigue a una catástrofe apenas contenida.
Drak la observaba desde el alféizar. Había insistido en quedarse con ella esa noche. No como amante, sino como guardián y compañero. Aún conservaba polvo de