El día del juicio no había llegado aún, pero el aire ya olía a guerra. Desde los cielos más altos hasta las raíces profundas de los bosques antiguos, las tensiones se expandían como una red invisible, enredando a todos en un conflicto que nadie podía evitar.
En lo alto de la montaña de cristal, el Consejo de los Fae deliberaba en una sala tallada en luz. Maeryel, la fae anciana de cabello plateado y mirada glacial, presidía con puño firme. Su voz resonaba sin emoción:
—La semilla ha despertado.