Días después, descendieron por una garganta estrecha que conducía a la entrada del Laberinto. Las paredes eran de piedra negra, cubiertas de musgo plateado. Al llegar a la entrada, una puerta tallada con runas antiguas los esperaba. En su centro, un orbe brillaba con luz intermitente.
—Debemos hablar —dijo Adelia, acercándose al orbe.
La luz del orbe reaccionó a su presencia. Un halo de energía envolvió a todos y una voz etérea, ni masculina ni femenina, habló:
—Aquí se custodia el eco de la Ve